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Jueves Santo



Este día está lleno de riqueza y simbolismo espiritual. Es el día de la Cena del Señor y la acción admirable de la gracia. Dios haciendo participar al hombre de su designio de salvación. Litúrgicamente está el día en que se celebra conmemorativamente la última cena, la pascua del Señor. Lo que había sido un hecho histórico crucial en la memoria del pueblo judío, la liberación de Egipto, se convierte en un hecho simbólico de la nueva y definitiva liberación que es la liberación del pecado. Jesús, al invitar a la celebración lleva a los discípulos aparte. Quiere pasar este tiempo solo con ellos. Quiere abrir el corazón de par en par. Habla de su misión, su deseo y su legado. Cada Discípulo deberá acercarse a él de la misma forma: desde el corazón. Jesús lava los pies como un siervo, para mostrar que el amor es un servicio concreto y no un discurso, una filosofía. Se hace alimento en el pan bendito para quedarse entre nosotros, de forma misteriosa pero real. Alimento que fortalece y sostiene a los suyos ante toda prueba. Es el signo de su entrega y el sacramento de su presencia. Es el memorial de su itinerario espiritual: así como él se ha dado todo, así deberán entregarse sus discípulos. Jesús recuerda el más esencial y más antiguo de los mandamientos: el amor. Pero le da un nuevo sentido. Amor que se dona, que se ofrece libremente, que se ejerce conscientemente; sin exigencia de correspondencia. Es amor por amor. Amor per se, amor divino que no conoce de límites, de condiciones o de etiquetas. Amor que nace desde la primera fuente, amor que nace del corazón de Dios. Amor eterno. Amor que vence límites, credos y condición. Amor que dura para siempre porque está anclado en la decisión irrevocable de Dios de amarnos siempre. ¿Estamos dispuestos a amar y dejarnos amar con la fuerza de este amor divino? La razón de nuestra vida se esclarece en esta experiencia amorosa, gratuita e incondicional. El amor divino es capaz de asumir incluso nuestra fragilidad y pequeñez. Abracemos con él la duda, la desdicha y la precariedad humana de nuestra condición enferma y debilitada. En Dios, puede ser el principio de una vida nueva, sonriente y resucitada. ¡Felices Pascuas!

*Por: Rafael Montoya García


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